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El Expedicionario
Expedición es un éxodo, una travesía. Una marcha tierra adentro o mar afuera, todo depende de la autonomía de vuelo de cada quien. Pocas veces algo estuvo tan bien nombrado, pocas veces cada cosa estuvo tan bien puesta en su lugar. Camilo Venegas | Santo Domingo La primera canción del primer disco de Silvio Rodríguez se acaba antes de tiempo. Como esperando abril mereció que le dejaran el solo de piano de Emiliano Salvador que es cortado de un tajo, después que el trovador jura que mucho más allá de una ventana su esperanza jugaba a una flor, a un jardín. Justo ahí, en ese vacío que queda cuando el piano salvador de Emiliano cae vertiginoso hasta perderse de vista, empieza Expedición. En una ocasión dije que luego de seis años con Afrocuba deseaba quedarme a solas con mi guitarra confesó Silvio al exhibir su nueva obra. Pero después me llegó la hora de decir que luego de cinco discos con guitarra, estaba loco por quedarme a solas con una orquesta. El germen de ese deseo es aquel silencio, aquella ausencia injustificada. Recuerdo que cuando éramos fanáticos de medio pelo o peludos medio fanáticos, siempre se planteaba un problema tan difícil de resolver como aquel fundamental de la filosofía. ¿Silvio es poeta o músico? La primera parte de la pregunta quedó despejada poco después. No, no era poeta, como no lo son tampoco Bob Dylan, Van Morrison, Chico Buarque o Caetano Veloso. La poesía precisa de demasiado silencio para que alguien que se vale de una guitarra pueda esgrimirla. La segunda parte de la pregunta es más difícil de responder, pero como vivimos días donde hay que darle explicación a todo, nos vemos en la obligación de buscar la respuesta y justificarla. No, tampoco es músico. Al parecer lo único que ha podido ser Silvio Rodríguez en su vida es hacer de Silvio Rodríguez. Dicho así, con nombre y apellido, ese término sirve para definir un millar de obras que no son canciones ni poemas, sino ocurrencias de un individuo que las escribió como si las pintara y las pintó como si las cantara. Panky Corcino (un periodista que colecciona arañas, alacranes, libélulas y todo tipo de invertebrados) hace unos días reconoció que le perdió el miedo a la muerte el día que descubrió que había canciones de Silvio que él se moriría sin escuchar. Su problema entonces no era la vejez y la punzante cercanía de la pelona, su problema era subir al cielo con las composiciones oídas. Panky tiene menos de la mitad de la edad del trovador, pero él como muchos presupone que interpretar el personaje de Silvio Rodríguez le confiere una especie de perpetuidad al actor en ciernes. Expedición es, aunque muchos jamás lo admitan, el disco más silviano de Silvio. Violín, por violín, tambor por tambor y palabra por palabra todo está en función de ese juego que el trovador ha propuesto desde aquel martes 13 de junio de 1967 en que cantó por primera vez delante de todos. Por cierto, una de las dos canciones que fueron interpretadas aquella tarde, Quédate, es la undécima de este disco; lo cual deja claro que a veces el hábito le facilita las cosas al monje. Este no es de un disco de multitudes, ni siquiera de la multitud de silviófilos que se han ido agrupando y afiliando en tropas, esferas y cosmos. Muchas de las canciones que lo componen ni siquiera son fáciles de tararear, un don del que pueden presumir hasta las más intrincadas letras del bardo de San Antonio de los Baños. Este disco es para ser oído a la sombra y sin nada alrededor que pueda estorbar o interrumpir su ejecución. Es difícil deslindar los surcos, es difícil ver sus piezas por separado. Como aquel raro juguete de Erno Rubik, el concierto se va armando sobre la marcha y la solución de un problema que aparece al principio puede estar al final y viceversa, según la destreza con que los oídos vayan juntando colores y signos. Expedición es un éxodo, una travesía. Una marcha tierra adentro o mar afuera, todo depende de la autonomía de vuelo de cada quien. Pocas veces algo estuvo tan bien nombrado, pocas veces cada cosa estuvo tan bien puesta en su lugar. Así que el que se sube a bordo tiene que atenerse a esas consecuencias, por su cuenta y riesgo. Expedición no es poesía, tampoco es música; es un lugar donde al destino lo van propugnando las causas. 2002. La Jiribilla. Cuba. |
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